Más besos y menos comida.

Primera parte.

Tenía 14 años cuando sufrí un accidente en el que me rompí la pierna.
La tarde en la que sucedió, mis padres me subieron al apartamento de la playa donde estábamos veraneando y se empeñaron en repetir que solo tenia un golpe y que al día siguiente todo habría pasado.
Pero como ya me habia roto una pierna antes, pude reconocer la sensación. Y sabía que lo de ahora era mucho más serio de lo que mis padres querían hacerme creer.

-Eso no es nada- decía mi padre mientras se quejaba de un dolor en la costilla por un golpe que había recibido ese mismo día.
– Yo si que estoy mal, seguro que  la tengo rota.

El shock del accidente me dejo sin palabras . Y aun sabiendo de la gravedad de mi pierna,  me empeñé en desear con fuerza que no iba a ser nada, convencida de que  el deseo se haría realidad.

El caso es que la preocupación de mi padre por su dolorida costilla, que el mismo se había diagnosticado como rota, le puso
de camino al hospital para hacerse una radiografía.
Yo mientras tanto, me quede sentada en el sofa con la pierna estirada,esperando a que me bajara el dolor.

Recuerdo perfectamente como me sentía en ese momento.. El miedo de saber que lo mío era grave y que seguramente tendría que pasar por la misma agonía de inmovilización y rehabilitación por la que pase anteriormente,me asfixiaba por dentro y me sentía morir.
A medida que pasaban los minutos mi pierna se iba hinchando, pero mi madre le daba la razón a mi padre diciendo que eso era normal y que no tenía por qué asustarme.

Esto es solo la primera parte de la historia.
La segunda parte es mucho más interesante.

Segunda parte.

No recuerdo como se desarrollaron los hechos, porque yo estaba totalmente concentrada en un dolor que aumentaba a medida que pasaban los minutos.
Pero en un momento dado, tenia a mi madre de pie enfrente de mi ofreciéndome una enorme bolsa de color naranja con doritos de sabor a queso.

– Aquí tienes. Para ti. Se que son tus favoritos – decía satisfecha convencida de que me iban a ayudar a sentirme mejor.
– ¿ Todos para ella? – decían mis hermanos celosos de mi buena suerte
– Os puede dar unos pocos – les tranquilizo mi madre –  Pero son para ella. No veis lo malita que esta.

Mi corazón se contrajo.

Quería tirarle a mi madre la bolsa a la cara y decirle lo que realmente necesitaba en ese momento. Pero calmé mi furia abriendo la bolsa y llevándome un dorito a la boca.

El intenso sabor a queso procesado inundo mis papilas gustativas, como lo hicieron mis lagrimas en las comisuras de mis ojos.

Mi corazón estaba atascado, y sentía ráfagas de pena, rabia e incomprensión. Pero mi cabeza me decía que todo eso eran noñeces y que debía estar agradecida por tan delicioso manjar.

De forma automática me fui comiendo los doritos uno a uno. Los triángulos con olor a ahumado que me dejaban los dedos anaranjados, me miraban tentadores antes de entrar victoriosos en mi boca.
Me había comido media bolsa y sentía mi barriga llena,  pero había un agujero en algún sitio dentro de mí e imposible de localizar, que ni la bolsa entera iba a ser capaz de llenar.

Entonces llego mi padre. Todo exultante y chistoso. Su radiografía había dado negativa y sólo se trataba de un moratón.

-Que bien Eva. Te han comprado los que tanto te gustan. No te puedes quejar

Yo le miraba envidiosa y rabiosa. Envidiosa porque lo suyo se había resuelto con éxito. Y rabiosa porque daba por hecho que todas las necesidades e inquietudes que estaban viviendo en ese momento, se solucionaban con una simple bolsa de doritos.

Pase toda la noche sentada en el sofa incapaz de pegar ojo por el dolor. Y la anaranjada bolsa de doritos me hizo compañía hasta la mañana siguiente cuando me  llevaron al hostpital y se diagnostico una doble factura de tibia y peroné.

Los padres nos enseñan a como manejar los sentimientos.

Muchos años después de este suceso particular, he reflexionado y entendido porque siempre he callado mis sentimientos con comida.
Eso fue lo que me enseñaron mis padres , y eso fue lo que he seguido haciendo después.
La bolsa de doritos sustituyo el  abrazo largo y afectuoso que tanto necesitaba recibir  en ese momento para sentirme protegida.
Yo quería a mi mama sentada junto a mi abrazandome. Pero ella me dio su afecto llenándome la boca con comida.

Yo tenía hambre en el corazón, no en el estomago.

Mama no quería doritos, queria besos.

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